Todo empezó cuando tomé una asignatura optativa sobre religiones del mundo en secundaria; me dijeron que era fácil de aprobar. Al terminarla, recuerdo que me dije, quizás a modo de premonición: “No soy religioso, pero si tuviera que elegir, elegiría el budismo.” Y más de 20 años después, soy profesor de meditación y tengo un doctorado en Estudios Budistas.
Por el camino, he pasado de una fascinación inicial por el budismo tibetano a la tradición pali (los textos budistas tempranos y el Theravāda), mientras fui dejando de lado mi carrera como pianista de jazz y compositor. Mi enfoque de la meditación ha estado influido principalmente por el maestro birmano Sayadaw U Tejaniya, aparte de mi propio estudio y experimentación.
Me formé como Community Dharma Leader (CDL) en Gaia House, y más tarde como profesor de dharma y meditación en Bodhi College. De Stephen Batchelor, mi mentor principal, he aprendido que nuestro dharma debe actualizarse constantemente, y esto se aplica al propio budismo secular, pues de lo contrario se convertiría en otro dogma más.
Mi tesis doctoral en la Universidad de Bristol exploraba la noción de vedanā (la tonalidad placentera, dolorosa o neutra de la experiencia) en el canon pali, centrándose en cómo contribuye al despertar, especialmente a través del afecto positivo y formas de “placer espiritual”. En el libro basado en mi tesis, argumento que el budismo de los orígenes era una forma de hedonismo sofisticado. Hacer investigación supervisado por Rupert Gethin me enseñó mucho sobre cómo acercarse a los textos y a su interpretación tradicional, echando por tierra algunos prejuicios y actitudes coloniales presentes en formas de modernismo budista.
Hoy combino enfoques espirituales y académicos. Me interesa la evolución del dharma, pero siempre que la reforma y la interpretación creativa sean informadan y respetuosas. Para mí, es una vía de doble sentido: ser crítico con la tradición y dejar que la tradición te critique. En lugar de definir el budismo laico o secular con referencia al concepto de religión, a los rituales o a los aspectos culturales, prefiero hacerlo en términos de valorar esta vida vulnerable en lugar de aspirar a una realidad fuera de ella, reinterpretando la doctrina budista de que todo lo condicionado e impermanente es insatisfactorio.
Al mismo tiempo, desconfío de adaptar en exceso estas enseñanzas a la vida consumista moderna. No podemos cambiar nuestra vida sin cambiar de vida. El dharma necesita desafiar tanto como reconfortar. En lugar de la psicoterapia o la neurociencia, como interlocutores del dharma me inspiran más la ética comunitaria, la filosofía práctica y el arte.
Enseño en entornos prácticos —retiros de meditación y cursos— y estoy convencido de que esto puede hacerse con una buena base en los textos budistas. La “teoría” tiene mala fama, pero cuando está al servicio de la práctica creo que es esencial, así que las enseño juntas. Interactúo con las comunidades LGBTQ+ y de habla hispana/catalana, a las que pertenezco, y mantengo cierta actividad académica como la investigación o la traducción de textos budistas del pali al español.







